La vida está llena de expectativas. Esperamos bendición en nuestras relaciones, éxito en el trabajo, buenos resultados en la escuela o estabilidad en las finanzas. Sin embargo, de repente algo sucede que lo cambia todo: una decepción, una traición, un fracaso inesperado. Es por medio de esto que el enemigo nos roba el gozo, la celebración y el entusiasmo que teníamos. Un ejemplo de esto es lo que le ocurrió a un niño en su primer juego de béisbol en un nuevo equipo, que después de batear y llegar emocionado a primera base, un árbitro lo declaró fuera por tirar el bate. Lo que debía ser victoria se convirtió en lágrimas que duraron todo el día y afectaron su confianza por meses. De igual forma muchas personas cargan hoy heridas similares a causa de decepciones o perdidas que marcan el corazón, generan traumas, traen dolor y nos dejan estancados, con barreras emocionales que dificultan confiar, amar o intentarlo de nuevo.
Además, el dolor no solo duele; paraliza y produce raíces de amargura, ansiedad, baja autoestima e incluso enfermedades. Cuando leemos la Biblia en Marcos 9, un padre desesperado busca ayuda para su hijo atormentado por un espíritu maligno que intentaba quitarle la vida. Cuando Jesús baja del monte de la transfiguración y llega a la escena, lo primero que hace es preguntar: “¿Sobre qué discuten?” y luego “¿Desde cuándo le pasa esto?”. Vemos que Jesús no ignora la causa del sufrimiento de este hombre. De la misma manera, para sanar es necesario reconocer la raíz de nuestro dolor, identificar qué sucedió, desde cuándo nos sentimos así y cómo esa herida sigue afectando nuestra vida presente. Identificar la causa del trauma nos permite trabajar y entender que los sentimientos son temporales, no permanentes, y discernir que el adversario busca robarnos el propósito que Dios tiene para nosotros.
La buena noticia es que hay una solución poderosa al dolor: Jesucristo. Cuando el padre le preguntó a Jesús si podía hacer algo, Él respondió: “Todo es posible para el que cree”. La fe no niega la realidad de lo que nos hirió, pero sí la supera con la verdad de Dios. Como Abraham, quien creyó contra toda esperanza, nosotros podemos levantar la mirada y confiar en que Dios cambia el lamento en danza, quita la ceniza y pone corona de gloria. No importa cuán profundo sea el dolor o cuántas veces hayamos intentado sanar por nuestra cuenta (psicólogos, consejos o esfuerzo propio); Jesús es el único que puede traer verdadera libertad y restauración. Él toca el corazón, redime el pasado y nos da una nueva perspectiva para no reaccionar más desde la herida.
Finalmente, aunque Dios hace su parte, nosotros también debemos poner de la nuestra. El padre del joven clamó: “Creo, pero ayuda mi incredulidad”. Reconocer nuestra necesidad y actuar es clave. Acerca de esto Proverbios 4 nos enseña cómo y dice que atiendas a la Palabra, inclines tu oído, no la dejes apartar de tus ojos, guárdala en tu corazón y medítala. La Palabra de Dios es vida y medicina para todo el cuerpo.
Hoy es un nuevo comienzo para ti. Reconoce la causa de tu dolor, abraza la solución en Jesús y actúa con fe. Dios quiere llevarte del dolor a la bendición. ¡Es hora de levantarte y caminar en victoria!

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